A diez minutos subiendo desde el apartamento, bajo las plataneras, está el tubo volcánico más largo de Europa. Se han cartografiado unos dieciocho kilómetros, lo que sitúa a la Cueva del Viento entre los más largos del mundo —solo por detrás de un puñado en Hawái— y suele describirse como el más complejo, porque se desarrolla en varios niveles en lugar de en una sola galería.
Qué es en realidad un tubo volcánico
Cuando una colada de lava baja por la ladera, la superficie se enfría y endurece mientras la roca fundida sigue corriendo por debajo. Al cortarse el suministro, el líquido se vacía y lo que queda es un tubo hueco dentro de la roca maciza.
La Cueva del Viento se formó en coladas del Pico Viejo, en el flanco del Teide, y su estructura interior —las terrazas laterales que marcan antiguos niveles de lava, las estalactitas de roca solidificada, las galerías donde la colada se bifurcaba— es lo que hace que los vulcanólogos la valoren tanto. No es una cueva en el sentido calizo. Aquí no se disolvió nada. Se moldeó.
La visita
Solo hay un tramo de 300 metros acondicionado, y el acceso es únicamente con guía. Calcula unas dos horas en total: una charla previa, un paseo por los terrenos de alrededor hasta la boca y el tramo subterráneo en sí.
El casco y la luz los ponen ellos. Lleva calzado cerrado con buen agarre y una capa de abrigo: el suelo es roca volcánica irregular y ahí abajo hace más fresco que al sol de fuera.
Reserva con antelación. Los turnos en inglés se llenan primero, y esta es una de las pocas visitas de esta costa en las que presentarse y confiar en la suerte no funciona. Si tus fechas son fijas, reserva antes de volar.
Por qué merece la pena
La historia volcánica de Tenerife se vive casi siempre desde fuera: los malpaíses de Chinyero, el puerto sepultado de Garachico, la caldera del Teide. Este es el único sitio donde te metes dentro.
Es también, con diferencia, el enclave natural más importante que hay a diez minutos del apartamento, y bastante menos visitado de lo que merece.